EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A EXTRAÑAR

En aquel momento, sentíamos que lo más fácil era juzgar al otro por lo que no da y por lo que no hace, y no valorar lo que se demuestra con tanto esfuerzo aunque nos cueste. Había mucho por cambiar, el poder del orgullo era más fuerte que todo y nadie esperaba la mano del otro para encontrar la solución que tardaba en llegar. Lo más fácil era cubrirse con una armadura de metal, para no dar a conocer su corazón y no dejar que alguien busque asilo en él, aun así queriendo corromper esta armadura ninguno consiguió su objetivo. Lo más difícil de todo fue aceptar los silencios, la distancia y los sentimientos encontrados, esto no estaba en los planes de nadie, y si bien nos sentíamos rehenes del reloj al ver lo lento que pasaban los minutos, fuimos dando paso a horas inolvidables que van a durar hasta la eternidad.
Después de vivir esos días felices no quise entender más nada, solo me empeñaba en dejarme llevar y escuchar detenidamente el sonido de mis pasos. Quería caminar hacia un lugar donde no haya nadie y al fin lo conseguí, un lugar que logré llegar muy pocas veces en mi vida, pero finalmente estaba ahí, y ella a mi lado marcándome el camino. Hubo una enorme necesidad de volver a estar en ese sitio donde las palabras se volvieron actos y los actos se transformaron en bienestar, pero esta vez busqué a mi lado y no había nadie. Todavía no pude volver a estar ahí, pero al menos, aunque me costó, me di cuenta de algunas cosas que antes me parecían absurdas.
Mientras pensaba en ella, el espejo puso en frente mío al hombre que aprendió a extrañar…
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